Para corregir

LUNES 28

Recibí una carta de mi hermana. Se supone que venga a vivir aquí para que mi padre esté acompañado cuando yo esté en los Estados Unidos. Su esposo vendrá a finales de año, cuando termine su contrato con el gobierno. Sin embargo, en la carta me comunica que lo de su marido con una mecanógrafa es asunto confirmado. Hace un tiempo había tenido sospechas de que había algo entre ellos, pero no estaba segura. Me extrañaba tanto de mi cuñado quien siempre ha sido un hombre serio en sus asuntos, comedido y cuidadoso de su buena reputación. En fin, que estoy sorprendida. A pesar de eso, no pienso lanzar juicios apresurados, sin antes hablar con él.

El problema, en lo que a mí me afecta más, es saber si mi hermana vendrá para acá, como prometió. Espero que ella no cambie de parecer y considere peligroso dejar a su marido solo por varios meses y a merced “de aquella fulana.”

Las dificultades por las que estaba pasando el matrimonio de mi hermana me habían hecho recordar de nuevo, el problema de mi amigo Franz. Su suegra insiste que su hija y él no se están separando. La hermana me dijo que él había estado triste, desde que volvió solo de Europa, donde había ido a reunirse con su esposa. No sé qué creer de ese asunto tampoco, pero me dolería mucho que él estuviera sufriendo.

Fuimos compañeros en la primaria, cuando yo estuve prendada de él, durante mis primeros dos o tres años en la escuela. Él, por su parte, apenas si se enteró de mi existencia. Nuestros caminos se habían vuelto a cruzar más adelante, estando él casado y yo enamorada de otro y siempre nos hemos llevado bien, como amigos, claro está.
MARTES 29

Traté de hacerle comprender a mi padre que si él permanecía solo en la casa, no podría irme tranquila a mis vacaciones. Por lo tanto, le pedí que se quedara con su hijo mayor hasta que yo volviera.

—Estaré cerca de mis hermanos —protestó—. No te preocupes, hija.
—Pero ellos viven con sus familias y yo no quiero que usted se quede solo en esta casa.
—¿Cuándo viene Tobi, por fin?
—Mañana. Estará usted muy bien con él. Además su nietecita lo quiere mucho a usted.

No le hablé a mi papá de la carta de mi hermana que recibí ayer.

MIÉRCOLES 30

Después que llegó mi hermano Tobi a recoger a mi padre, me puse en camino para Ciudad Nueva Limburgo. Me quedé asombrada de cuanto había cambiado todo. El ferrocarril cruzaba ahora Río Azul en un puente que daba miedo, pero que cumplía su cometido. Asimismo la carretera que subía al valle se encontraba bien pavimentada. Mis abuelos habían vivido en esa ciudad una gran parte de su vida. Yo también había pasado allí varios años, bastante amargos por cierto.

Mi prima estaba viviendo en la antigua residencia de mis abuelos e iba yo con la intención de alojarme con ella. En el viaje recordé las malas experiencias que había tenido allí. Pensé también, que quizás la casa fuera un poco chica para tantas personas. Además del marido, mi prima tenía dos hijos e íbamos a estar un poco apretados.

Dejé mi equipaje en la terminal de transportes y tomé un vehículo de alquiler, dándole al cochero la dirección de una antigua conocida.

—No sé si te acuerdas de mí, Alejandra. Soy la hermana de Liria Urtiaga… Sanabria, ahora.
—¡Claro que sí, Aneli! —me respondió, con su acostumbrado entusiasmo—. Fuimos compañeras de casa unos meses, en los tiempos en que tus abuelos vivían aquí.
—Me dirigía a la casa de mi prima, pero he pensado que quizás tú me podrías orientar…
—Por supuesto, dispara no más.
—¿Conoces alguna pensión para señoritas?… Damas, quiero decir.
—Sí, sé que hay un par cerca de aquí. Son muy buenas, según oí.
—¿Te molestaría mucho ir conmigo a una de ellas? No se ve bien que vaya sola, a buscar alojamiento.
—Pero, Aneli, aquí tenemos cuartos de sobra. La casa es grande, como sabes…
—No, Alejandra. No me gustaría molestar… Ni siquiera te avisé. No has hablado con tu marido…
—Que no se diga más… ¿dónde están tus maletas? ¿De cuántos meses estamos hablando? —preguntó, como si estuviera discutiendo algún proyecto emocionante.
—De dos días, el viernes me viene a buscar mi amiga Desideria, para ir a Sabana Larga.
—Pero mujer… ¡Dos días! Pues te tendrás que quedar aquí porque en esas pensiones no aceptan a nadie a menos que se queden una semana, por lo menos.
—De haberlo sabido no vengo a molestarte. No me gustan los hoteles y pensé que…
—¿Dónde están tus cosas? ¿Cuándo vuelves de Sabana Larga? Al regreso, te puedes quedar aquí conmigo un par de semanas… ¿Quieres tomar algo?
—Dejé el equipaje en la terminal, pero puedo ir a buscar mi bolsa de noche y dejar el resto allá.
—De ninguna manera. ¿Y si le pasa algo? Uno nunca sabe… Enviaré al cochero por él, dame el papelito del recibo.

Alejandra insistió en ir conmigo a avisar que ya no me quedaría en casa de mi prima.

—Si conoces a esta damita —le expliqué a Marquesita—, ya sabrás lo insistente que es y no pude negarme a su invitación de pasar los dos días en su casa.
—Sí, la conozco. Tu hermana y su marido nos la presentaron. Encantada de volverla a ver.
—Pues ya que no has ido a visitarme, he venido yo a verte. Estoy preparando una cena en honor de Aneli para mañana, los espero a todos ustedes. Entre más gente venga, mejor.

JUEVES 31

Pasé una tarde agradable con mis familiares y los de mi anfitriona. La cena fue apetitosa y la sobremesa, muy entretenida. Alejandra se había casado con la persona que su padre y sus tías le eligieron y parece que el matrimonio ha sido bastante feliz y exitoso. Conozco muchas parejas que contraen nupcias por amor y al final resulta que no son bien avenidas. El problema es que en un país como el nuestro, donde el divorcio todavía no es legal, los enlaces son para toda la vida y los cónyuges terminan odiándose.

Por lo general, la que más sufre es la mujer. El marido puede echar todas las canas al aire que quiera, sin que la sociedad se inmute más allá de alguno que otro chismecito. Su esposa, por otro lado, no puede ni siquiera dar lugar a que se sospeche de ella. Todos a su alrededor la criticarían y la condenarían. Por supuesto que esto no quiere decir que no haya mujeres infieles que sean aceptadas y hasta bienvenidas en todos los círculos. Pero esas son las que logran mantener en secreto, sus relaciones clandestinas. En cambio a los hombres, nadie los excluye del trato social aunque sus aventurillas sean de todos conocidas.
– JUNIO 1900 –
VIERNES 1

Me entregaron una nota que había traído un cochero. Venía de parte de Desideria y había ido a recogerme a casa de mi prima. De allá lo mandaron para acá. Mi amiga sentía mucho no poder pasar ella por mí, pero me esperaría en un lugar cerca de su casa. Recogimos mis bártulos; me despedí de Alejandra prometiendo volver; y me encaminé hacia tierras más calientes donde quedaba la hacienda.

Me fue un poco difícil reconocer a Desideria. Estaba bastante cambiada. De aquella muchacha alegre y despreocupada, de mejillas redondas y sonrosadas, no quedaba mucho. Su cabello seguía oscuro, como antes, pero tenía el semblante grave y el óvalo del rostro se había alargado. Además la noté pálida y ojerosa. Nos habíamos encontrado en el cruce de caminos que quedaba a unos diez minutos de su casa y subí a acompañarla en su coche. Ella estaba delgada, pero con esa delgadez que es el producto de alguna aflicción. Le pregunté si había estado enferma.

—Estoy embarazada, Aneli —me espetó, sin más, ni más.

La miré con asombro.

—¿Embara… zada…?
—Sí, ¿por qué te extraña?
—Es que tú eres de mi edad, ¿no? Yo ya tengo cuarenta años.
—Cumplí los cuarenta y uno en febrero… Aun así, estoy embarazada.
—¿Y qué dice tu marido? Ustedes sólo tienen un hijo…
—Tuvimos dos, pero el segundo murió antes de cumplir un mes de nacido. Fue muy triste…
—Sí, me acuerdo que me lo contaste por carta. Lo siento, Desi.
—Mi marido todavía no sabe que yo estoy…
—Pero, ¿cuándo piensas decírselo?
—No sé, Aneli. Sólo tengo seis o siete semanas.
—¿Sólo?? Él debe saberlo cuanto antes… ¿a qué esperas, Desi?
—A veces pienso si no sería mejor que este angelito no naciera.
—Pero ¿qué dices, Desideria? No puedo creer que hables así.
—No me regañes, Aneli. Considera que soy muy desgraciada.
—¿Por qué? ¿Tienes problemas con el embarazo?
—No hablemos de eso ahora.
—Como quieras, Desi.
—Me acaba de escribir mi hijo, ¿sabes?
—¿Dónde está?
—En Francia. Le va muy bien en sus estudios y está contento. Cuando llegó estuvo a punto de regresarse porque extrañaba mucho la casa y la familia.
—Es difícil separarse de los suyos para un chico tan joven.
—Sí, pero ya tiene un año de estar allá. Ahora ya ha conocido a varios estudiantes y se ha hecho de amigos por lo que se está adaptando mejor.
—¿Y qué estudia?
—Creo que medicina veterinaria… Algo relacionado con los animales. Me alegro porque le servirá para cuando tenga que manejar la hacienda.

Llegábamos y mi amiga me presentó a su marido quien se disculpó por no haber ido a recibirme. Dijo sentirse un poco mal.

—Sé que usted y mi esposa fueron muy amigas, en sus tiempos de colegialas, pero desde que hemos tenido que venirnos para acá no tengo muy buena salud.

Se me hizo un hombre un poco desteñido, pero muy bien parecido todavía. Tenía una innegable distinción y se notaba también que había recibido una excelente educación.

—Se mudaron en el noventa y dos, ¿cierto?
—Un año después… y obligados, ¿sabe? Mi suegro murió y no teníamos una persona de confianza que atendiera la hacienda.

—Oh sí, ahora recuerdo que Desi me dijo que ese año enfermó su padre. Por eso pensé…
—Es verdad. Ella y mi hijo se vinieron para la hacienda ese año, pero yo me quedé en la ciudad y viajaba con frecuencia para acá. Me mudé definitivamente al morir mi suegro.

—¿Extraña usted Nueva Limburgo, señor Olmos?
—¡Y cómo!! Aquello es otra cosa… sus casas de estilo holandés y por todas partes… arte. Y ni qué decir del clima agradable de ese valle encantador.

Consideré que no se vería bien hacer comentarios que pudieran sonar a crítica del lugar de nacimiento de mi amiga y me limité a asentir, sin decir nada.

El marido de Desideria era buen conversador y trataba de ser agradable. Aun así no acababa de hacerse simpático. Por lo menos esa fue mi impresión esa tarde.

—Se nota que Desi y yo no nos habíamos visto por mucho tiempo. No lo conocía a usted y ya deben tener unos veinte años de casados.
—Creo que estabas en Inglaterra cuando nos desposamos… —comentó mi amiga.
—O en España: en el ochenta y uno viví en los dos países. Todavía no tenías mi nueva dirección y la invitación a tu boda me la enviaron a uno de esos dos lugares.
—Fuimos a Francia en viaje de novios, pero por no recibir a tiempo tu carta, no te pude avisar para que nos reuniéramos allá.
—Por un lado fue mejor, Desi. Habría estado de mala tercia con ustedes dos recién casados.
—Oh… un día o dos, no iba a ser para tanto. Me habría gustado verte de nuevo.
—Bueno, sólo hemos tenido que esperar unos veinte años para encontrarnos otra vez… —comenté, en tono de broma.

SÁBADO 2

En la mañana di un paseo por los alrededores. Llevaba de cicerone a María Rosa, la hija de la cocinera. La chica tendría unos quince años y era dicharachera y conversadora. Roby, una de las mascotas de los Olmos, nos siguió. No soy muy aficionada a los perros aunque no les tengo miedo, pero prefiero a los gatos. La suegra de Desideria tenía también un perrito al que, según me dijeron, mimaba mucho.

La hacienda de los Olmos contaba con los mejores pastizales de los alrededores. Por eso se dedicaban a la cría de caballos para vehículos de transporte. Visité el lugar en mis años de colegiala y recordaba todavía algunas cosas. La chica me dijo que la mayoría de los vecinos se ocupaban del cultivo del cacao, del tabaco, de la caña de azúcar, de los plátanos para la exportación y otros productos similares.

Regresamos por el naranjal que estaba situado en la parte de atrás de la casa. Mientras caminábamos entre los árboles de fragantes hojas cítricas, me envolvió también el delicado aroma de las flores de azahar, una de mis favoritas. Me sentí feliz en ese ambiente y me olvidé, por un rato, de mis pesares.

Desideria fue a mi cuarto a conversar después de la siesta. Me habló de cuánto echaba de menos a sus padres. Siempre me había dicho que ellos esperaban que su hija se casara con un hacendado, un heredero de algún conocido de los alrededores. Me extrañó, por lo tanto, que hubieran accedido a su matrimonio con Olmos.

—Me costó mucho convencerlos de que aceptaran que me casara con él. Lo consideraban un foráneo por no ser de por aquí.
—Pero tú estabas tan enamorada que no paraste hasta convencerlos, me imagino…
—Te aseguro, Aneli, que yo me sentía como Cenicienta a la que se le ha aparecido su príncipe azul. Germán era apuesto, caballeroso, de buena familia, educado… Tenía la impresión de estar en un sueño del que no quería despertar.
—Yo nunca tuve la idea de casarme con un príncipe azul.
—No, porque estabas enamorada de aquel chico al que llamabas Cajuán, pero yo siempre pensé que ese no era su verdadero nombre.
—No… —murmuré y sentí una punzada de dolor al acordarme de Carlos Eduardo.
—¿Qué pasa, Aneli? Estás muy pálida.
—Es que no quiero hablar de ese tema. Él está casado ahora y espero, con fervor, que sea feliz.

Sentí que las lágrimas me rodaban por las mejillas, cuando dije esto.

—Oh, Aneli, querida. ¡Cuánto lo debes querer!…
—¡No!! —exclamé, mirándola con horror.
—Pero, Aneli, no es tan grave. No te vas a condenar…

Empecé a sollozar, muy a mi pesar. Era la primera vez que lo hacía desde que había oído aquel terrible secreto de labios del padre de él. Se lo había contado sólo a su hermana mayor, buscando apoyo en mi tormento. Ella se había negado a creerlo, lo que quizás era preferible. Sentía que Desideria podría comprender mi pena aunque no supiera toda la verdad. Se me hacía imposible, por el momento, compartir eso con ella o con alguna otra persona.

DOMINGO 3

No fuimos a misa porque mi amiga se despertó con malestar y su suegra apenas si se había levantado de la cama después de estar enferma por unos días. En la tarde Desideria se sintió mejor.

—¿Está usted de luto, señorita Urtiaga? —me preguntó su esposo, al verme entrar al comedor, llevando una vez más, mi falda negra y una blusa blanca.
—¿No recuerdas que te dije que había perdido a su madre? —comentó mi amiga.
—No… no lo recuerdo.
—Lo habrás olvidado.
—En realidad estoy sólo de medio luto, como puede ver —expliqué—. Ella ya va a cumplir un año de fallecida y vestida yo toda de negro…
—Ejem… —murmuró la señora Albertina, levantando la cabeza con aire de desaprobación.

Cenaba con nosotros esa noche por primera vez. De seguro era de las personas que pensaban que se debía guardar luto cerrado por dos años, como mínimo. Ella misma lo guardaba y su marido ya tenía casi tres años de fallecido.

—La verdad es que si eso hubiera mantenido viva a mi madre, no habría dudado en vestirme de negro por el resto de mi vida.
—Ni yo tampoco —murmuró Desideria, con tristeza.
—No comprendo cómo puedo ayudarla ahora, sufriendo yo con el calor.
—Es una forma de ofrecer nuestros respetos a los difuntos y la iglesia católica…
—Perdone, mamá, pero no creo que la iglesia tenga reglas para estas cosas. Se debe limitar a prescribir los que consideran pecados mortales o veniales. La costumbre de los pueblos es otra cosa.
—Y para mí el dolor se lleva por dentro —añadió mi amiga.
—Pues no estoy de acuerdo —replicó la señora—. Yo, por ejemplo, dejé de tocar el piano y oír música por casi dos años.
—Me encanta la música y me sería difícil…
—He vuelto a tocar hace sólo unos meses. Considero que en un lugar como este, un poco de música se hace necesaria ya que ni las campanas de la iglesia se escuchan.

Se levantó para retirarse, llevándose a la zaga a su perrita Ricitos, lo cual fue un alivio. A ese animalito lo dejan entrar al comedor y se la pasa importunando a los comensales para que le demos comida de nuestro plato. Esto se vuelve molesto a la larga.

—Disculpe usted a mi mamá —me dijo su hijo cuando ella salió—. Es un poco estricta, en lo que a guardar luto se refiere, pero le aseguro que no es una beata criticona.
—No se preocupe, señor Olmos. Me imagino que ella debe aburrirse lejos de sus amistades.
—Pienso que mamá se aburriría más si no tuviéramos un arreglo con unos amigos, bastante conveniente para todos.
—Sí, una vez al mes, mi suegra se pasa una semana con ellos y la siguiente, la señora Madeiro se queda con nosotros.
—Creo que eso le hace mucho bien a mi madre. Desde que murió papá se ha sentido bastante sola y aislada por acá.

LUNES 4

Hoy no vi a los esposos Olmos. Después de la siesta, pasé la tarde conversando con la señora Albertina. Había estado ella indispuesta y hoy le tocaba el turno a mi amiga quien se había ido a acostar con un malestar, según me informó su suegra. El esposo de Desideria estaba reunido con el capataz.

Su mamá era una señora de unos setenta años cuya conversación empezó enumerando las maravillas de su nieto, la bondad de su hijo para con ella y las pocas oportunidades que había en ese lugar para codearse con personas de calidad.

Tenía yo un poco de curiosidad de saber más de su familia y encaminé la plática hacia ese tema. Desideria había mencionado una hermana de su esposo y le pregunté sobre ella.

—Ah, sí, mi hija Dulce María… estamos un poco distanciados con ellos.
—¿Viven lejos?
—Sí, en Santa Rita, pero el problema es que no nos llevamos bien con mi yerno.
—Una situación difícil, me imagino.
—Casi no he tratado a mis nietos… —terminó, con un dejo de amargura.

La noté triste y no pareció querer hablar más sobre este asunto porque abordó ahora, el tema de su hijo.

—Germán nos preocupaba a su padre y a mí.
—Oh, ¿y por qué, doña Albertina?
—A su regreso de Bogotá, donde estudió, esperábamos que mostrara interés por alguna de nuestras conocidas.
—¿Y no fue así?
—No. Siempre ha sido muy serio y cuando terminó su carrera trabajaba tanto… y no quería participar de ninguna función social.
—¿No le gustan las fiestas?
—No era eso; sólo que trabajaba mucho. Temimos que no fuera a encontrar a nadie con quien casarse.
—Ah, pero en Ciudad Limburgo habría muchas chicas casaderas.
—Sí, pero él no quería comprometerse o incluso frecuentar a ninguna de las hijas de nuestros conocidos.

Ricitos, que era algo impertinente, llegó a pedir una de las galletitas que comíamos. Al continuar después de la interrupción, la señora cambió otra vez de conversación. Me platicó con entusiasmo de sus amigos, los Madeiro. Al parecer se visitaban con frecuencia.

—El otro domingo me iré a la hacienda de ellos. Mi amiga Viridiana vendrá el sábado… eh… el…de la otra semana.
—¿Viene todas las semanas?
—No. Por lo general, mi hijo me lleva, cuando voy para allá, pero el señor Madeiro tenía asuntos que tratar por estos lares y su madre va a aprovechar para venir con él.

Había llegado yo con muchas ganas de ir al río, salir de paseo, montar a caballo, pero la noticia que me había dado Desideria me frustraba todos mis planes. Aun así necesitaba nuevos aires y qué mejor que estar con ella. Era un ambiente totalmente diferente y además tenía la posibilidad de dar paseos por el naranjal, cuando me sintiera muy triste.

MARTES 5

Le comenté a Desideria sobre mi conversación de ayer con su suegra y lo que me dijo de su hija.

—Mi cuñada tuvo mucho que ver con la pérdida de la fortuna de los Olmos.
—¿En qué forma?
—Hipotecaron la casa para cubrir los gastos de la boda que incluían una deuda considerable que tenía el novio.
—¿Y por qué la dejaron casarse en esas circunstancias?
—Porque se había fugado con el bueno para nada del marido y parece que quedó embarazada.
—Ah, ¿para cubrir las apariencias?
—Así es. Ya sabes como es la gente con el qué dirán. Los padres, para tapar el escándalo, accedieron al matrimonio.
—Me dijo que están distanciados con ellos.
—Germán es el que no quiere tener mucho que ver con la familia de su hermana.
—¿Y doña Albertina?
—Ella les manda dinero cada vez que puede. Dulce María sólo le escribe para pedirle ayuda monetaria.

En la tarde, aproveché para escribir cartas y poner al día mi diario. Llovía a cántaros y era imposible salir.

MIÉRCOLES 6

El esposo de Desideria nos invitó a ella y a mí a ir al cruce de caminos a esperar el correo. Pasaba por ahí hacia las diez de la mañana.

—¿Sabe montar, señorita Urtiaga?
—Sí, un poco, sobre todo con un caballo manso.
—Mandaré a ensillarlos, entonces.

Desideria me lanzó una mirada significativa. En su estado no podría hacerlo y se disculpó.

—Te acompaño —le dije.
—Oh, no, Aneli. Sé que viniste a pasear y a gozar de tus vacaciones. Anda con Germán, por favor, que yo iré a supervisar la comida.

Comprendía porqué Desideria no quería acompañarnos y por otra parte, no iríamos muy lejos. Fui a mi cuarto a ponerme la falda de montar.

Me encantó estar otra vez sobre un caballo.

El esposo de Desideria me explicó que los primeros dos días de la semana eran los más ocupados para él, ya que el correo de los lunes traía cartas y cuentas. También los empleados que habían ido a vender caballos en los mercados de los alrededores llegaban con sus reportes. Los marte se reunía con ellos y con el capataz.

—Le agradezco su hospitalidad, señor Olmos.
—Oh. No hay de qué.
—Hacía mucho tiempo que no había tomado unas vacaciones y en verdad las estaba necesitando.
—Espero que lo esté pasando bien.
—Sí, gracias. Me gustaría quedarme un par de semanas más, pero temo mucho estar molestando.
—¿Molestando? De ninguna manera. En verdad me alegro mucho de que Desideria tenga una amiga en la casa.
—Y yo de poder pasar tiempo con ella.
—Es tan monótona nuestra vida aquí que a veces se me hace difícil soportarla.
—¿No tiene usted amigos en el área?
—Conocidos tengo muchos. Ignacio Bermejo, por ejemplo, que ya va siendo más que un conocido…
—Creo que es su vecino más cercano, ¿cierto?
—Así es. Por otro lado, aunque la hacienda del señor Madeiro nos queda un poco lejos, tengo muchos años de conocerlo y es el único amigo con el que cuento.
—Sí, ya me han hablado un poco de ellos.
—Él también es de Limburgo, pero como yo, está casado con la hija de un hacendado de la localidad.

Me preguntaba si la ‘hacienda de los Madeiro‘ no era otra cosa que la ‘hacienda de los padres de la señora Madeiro‘ al igual que en el caso de Desideria. No creía que los Olmos hubieran invertido dinero para comprarla, ya que ni siquiera les gustaba vivir aquí.

—Siempre es agradable tener amigos cerca.
—Están a más de dos horas de distancia, como para vernos con frecuencia, pero sí, me alegro de que vivan por aquí.

Contemplé el paisaje que, a esa hora de la mañana, se presentaba fresco y soleado. Nos detuvimos a esperar la diligencia con el correo.

—Me encanta montar, pero no tengo muchas oportunidades de hacerlo.
—Le pido, por favor, que no vuelva a mencionar que molesta.

No sabía si aceptar las palabras de él como un reflejo de lo que opinaba en verdad, acerca de mi presencia en su casa. Conocía a las personas que como él, crecen en un ambiente de niñitos bien, en la ciudad. Desde muy temprano aprenden a ser hipócritas y a mostrar una especie de falsa cortesía que muchas veces no sienten o a la que son indiferentes por completo. Tan arraigada está la costumbre en ellos que actúan en forma mecánica y es difícil discernir cuando les mueve la sinceridad.

—Se lo agradezco mucho.
—Aunque así fuera, y le aseguro que no es el caso, me considero en deuda con Desideria.
—¿En deuda?
—Ella atiende bien a mis amigos y nunca me ha reclamado que los invite a quedarse con nosotros.
—Por lo que he visto, ustedes se llevan bien.

Bajó los ojos sin contestar. Después de unos segundos, dijo:

—Desde que nos mudamos para acá, mi salud se ha resentido y no es fácil para ella. A veces se molesta un poco.
—¿Y no ha buscado usted ayuda médica?
—Sí, pero sólo me dicen que el polvo y el campo me agravan el malestar.
—Lo siento.
—Para eso no hay más remedio… que mudarme de vuelta a mi casa en Nueva Limburgo.

Llegó el correo y nos encaminamos de regreso a la hacienda. Pasábamos por un árbol donde colgaban muchas flores y Germán agarró algunas con la mano.

—Para usted, señorita Urtiaga —me dijo, ofreciéndome algunas.

Me extrañó un poco, pero recordé que en su medio social esta clase de galantería era muy común. Por lo general, no soy el tipo de persona que reciba muchas atenciones como esa, de parte de los caballeros. Mi apariencia es bastante modesta, aunque de mi figura no me quejo. No he engordado con los años, gracias a Dios.

JUEVES 7

Después del almuerzo, fui a la recámara de mi amiga. La había notado callada cuando comíamos y poco dispuesta a contestarle de buena forma a Germán. Me extrañaba un poco la leve irritación que mostraba Desideria en el trato con su marido. Ella siempre había aspirado a casarse con un hombre de la ciudad, distinguido y bien educado. Al parecer lo había conseguido y por eso no comprendía su poca paciencia para con él. Le pedí que diéramos un paseo por el naranjal.

—¿Cómo conociste a tu esposo, Desi?
—Fue en el segundo año de mi debut. Gabriel Alcántara me lo presentó.
—¿Ah, sí? Me asombra porque fue de él de quien estuviste enamorada por un tiempo.
—Gabriel estudiaba en Europa el año que debuté, pero ya estaba de regreso al año siguiente.
—¿Y te lo encontraste?
—Sí, pero estaba ya comprometido, por lo que perdí las esperanzas con él.
—Bueno, pero se acordó de ti, por lo menos…
—Me tropecé con él en un baile y me reconoció.
—Debe haber cambiado. Era un poco altanero cuando viví en su casa.
—Sí. Creo que estudiar en Europa le dio un toque de realismo.
—Y el incidente del incendio en la mansión de los Alcántara.
—Estoy segura que todo eso lo hizo ver las cosas de otra manera.
—Así que te reconoció…
—Me llevaste tantas veces a su casa, cuando vivías con ellos, que era difícil que no me recordara.
—Entonces, me alegro de haberlo hecho.
—Yo estaba muy feliz de que, por lo menos él, me diera un poco de atención.
—¿Y en verdad, no te interesaba ya?
—No, creo que todo eso fue una ilusión. Pero como te dije, pasaba mucho tiempo sentada y se lo agradecí.

Después de bailar con ella una vez y enterarse de que mi amiga tenía su carné de baile casi vacío, le presentó a varios de sus amigos, entre ellos a Germán Olmos. Todos se apuntaron para invitarla a una o dos piezas, para ser corteses. Pero en la siguiente fiesta, sólo Germán se acercó a pedirle que bailara con él un par de veces.

En ese momento oímos un trueno y nos asustamos. Regresamos a la casa porque ya había empezado a caer un aguacero bastante fuerte.
VIERNES 8

En la mañana vi a Desideria muy ocupada con la cocinera y las lavanderas. Su esposo me invitó de nuevo a salir a esperar el correo al cruce de caminos. Acepté con entusiasmo: un paseo era siempre agradable. Me comentó que su madre esperaba con ansiedad la llegada del sábado de su amiga Madeiro.

—La comprendo. No sé si yo podría vivir en un lugar así, por largo tiempo, señor Olmos.
—Llámeme Germán, si no le molesta.
—Su madre debe extrañar a sus amigos de la ciudad.
—Sí, por supuesto, por eso la amistad con los Madeiro nos ha caído muy bien…
—Me imagino que para una señora de su edad este calor debe ser muy desagradable, sobre todo acostumbrada al clima fresco de…
—Oh, no lo crea, mi madre es de Puerto Montes y aunque se queje, está encantada con el calor.
—Yo no me acostumbro bien…
—Es sólo que a ella le gusta tener amistades con personas de otro medio social.
—¿Se refiere usted a personas de dinero?
—No. No se trata de eso, sino de una especie de esnobismo entre la gente de la ciudad para con las del campo.
—Sí, en el colegio algunas compañeras se burlaban de Desideria llamándola ‘campesina’.
—Algo de eso me contó.
—Y no se crea que yo salía muy bien librada con el mote de ‘pueblerina.’ Ya sabe que Linda Vista es sólo un pueblo.
—Es lamentable, pero es la naturaleza humana estar comparándonos para sentirnos mejor que los otros.

Al regresar, me encontré con Desideria y fuimos a caminar por el naranjal.

—¿Y cómo te fue en tu debut? —le pregunté, recordando la conversación del otro día.
—Muy mal. Mis compañeros de baile eran siempre mis familiares: mi hermano y mis primos y dos chicos con los que nadie quería bailar porque eran feos y torpes.
—Ya me imagino, Desi. Yo tampoco tuve mucho donde escoger cuando me puse de largo.
—Mi hermano era más popular que yo, sobre todo cuando se supo que era un heredero.
—Me imagino que había algunas debutantes sin prospectos y desesperadas.
—Sí, a ellas no les importaba que fuera del campo.
—Sé bien como son esas niñitas ricas y falsas. Te conocen sólo cuando te necesitan y de otra forma te ignoran.
—Se acercaban a mí, según ellas, a intercambiar hermanos.
—Entonces, ¿bailabas con ellos?
—A veces, ni se molestaban en presentármelos para que ellos me invitaran.
—Así mismo son.
—Mis padres no me ayudaron porque no querían que me comprometiera con un hombre de allá…
—¿Y ya te tenían candidato?
—Varios, pero no eran de mi interés.
—No me extraña por lo que siempre pregonabas…
—Seguí de terca asistiendo a las fiestas de las debutantes. Ese primer año, me quedé muchas veces sentada…
—¡Ay! —grité, muy asustada.
—¿Qué pasa, Aneli?
—¿No viste eso? ¿No viste lo que se metió por las hojas? Negro y enorme…
—Debe ser una culebrita de jardín. No te van a picar, ni son venenosas.
—¿Culebrita? ¿Pero no viste lo enorme que era? No me voy a quedar por aquí de ninguna manera.

De ahora en adelante, me limitaría a dar paseos por el camino empedrado que cruzaba el naranjal y nada de andar por donde hubiera hojas o hierbas altas.

SÁBADO 9

En la tarde vinieron unas personas del lugar; una pareja de apellido Guerra, sus dos hijos y el señor Montero, el hermano de ella. El esposo de Desideria los recibió con cortesía, pero su actitud expresaba que no los consideraba sus iguales. Me extrañó porque ellos eran también hacendados adinerados.

Los niños salieron con doña Albertina, encantados de llevarse con ellos a la impertinente Ricitos. Los demás nos quedamos platicando. Los dos visitantes varones se limitaron a contestar con monosílabos. Desideria, por otra parte, se notaba bastante nerviosa, quizás por su embarazo. El peso de la conversación recayó, entonces, en su esposo, la señora Guerra y yo.

—¿De dónde es usted, señorita Urtiaga? —me preguntó la visitante.
—Mis padres se mudaron a Puerto Montes, pero yo soy de Linda Vista.
—No me diga. En realidad, yo soy de Puerto Montes.
—Allí vive mi papá ahora. Mi madre murió hace poco.
—Lo siento mucho.
—Gracias. Fue muy doloroso.
—Al quedar viudo, mi padre se mudó al Puerto y allí conoció a mi mamá.
—Ah, ¿y luego se vinieron para acá?
—Nos mudamos a Sabana Larga al morir mi abuelo, cuando yo ya tenía ocho años.
—¿Sus padres y su hermano?
—No, Emeterio vino un par de años antes. Le gusta la vida del campo. Mis padres fallecieron ya… Somos huérfanos los dos.
—Oh, lo siento, también.
—Mi mamá crió a Emeterio, como si fuera su hijo.
—Debe haber estado bastante chico cuando su padre se volvió a casar.
—Sí, no había cumplido los dos años —me informó, mirando con cariño a su lacónico pariente—. Emeterio y yo somos sólo medio hermanos, pero lo quiero a tiempo completo.

Yo, tan sólo con oír las palabras ‘medio hermano’, me habían hecho recordar mi pena. Me callé por varios minutos, dejando vagar mi mente hacia lugares que sólo me producían dolor.

—Aneli, me preguntaste acerca de la capilla, ¿cierto? —intervino Desideria—. ¿Sabe usted si mañana tendremos misa, Laurel? —preguntó, dirigiéndose a la señora Guerra.
—No, qué va. El cura no puede venir porque estará en San Gregorio, por lo de las fiestas patronales.
—Ah, sí. Ahora recuerdo que lo mencionó el domingo pasado.
—¿Y cuándo son las patronales aquí?
—En febrero, para San Benigno.
—Tendrán toros, me imagino —pregunté, recordando esa horrible tradición de nuestros pueblos.
—Sí. Y procesiones, ferias , bailes y carreras de caballos —contestó el señor Olmos—. También hay competencias en diferentes categorías.
—Competencias, ¿de qué?
—Doma de caballos, palo ensebado, tiro al blanco y cosas así.
—Bueno, modestia aparte, mi hermano es… podríamos decir, el campeón local de tiro al blanco. Pero este año no participó.
—¿Por qué? ¿Se aburrió de ganarles a todos?
—¡No, qué va! Emeterio y mi marido se pasaron ese mes en la capital atendiendo a un litigio que nos abrió un primo.
—Oh, ¡qué desagradable!
……
—Desideria, ¿no habrá alguna forma de que vengan sólo los niños Guerra? —le preguntó su esposo, durante la cena.
—Alguien tiene que traerlos, ¿no te parece?
—Pues que los traiga la mamá, entonces. Por mucho que me guste conversar, no me apetece hacerlo con un par de muros por interlocutores.

La señora Albertina estuvo de acuerdo con él.

—Serán los señores —opinó—, porque Laurel Guerra es mucho más refinada. Después de todo, es costeña como yo y el don de la conversación se nos da con naturalidad.
—-
DOMINGO 10

Contaba con que íbamos a oír misa en la capilla, pero, como mencionó la señora Guerra, hoy no puede venir el cura; en fin, que será el próximo domingo.

Desideria me dijo que para disipar mi impresión de que todos los hombres de los alrededores eran taciturnos, como los visitantes de ayer, había invitado a un vecino y a sus hermanas.

—Es tan hablantín que vas a extrañar a los callados.
—No se trata de que sean callados o no —le aclaré—, sino de que tengan un vocabulario de cien palabras o más.
—Creo que estás prejuiciada contra las personas del campo.
—No sé si sea justo que me acuses de eso, Desi.

En la cena recibimos a los hermanos Bermejo: Zenobia, Ignacio y Fina. A pesar de lo que me había advertido mi amiga, el joven resultó ser una persona agradable y buen conversador, además. No pude cambiar mi opinión de que no extrañaría al par de caballeros silenciosos (o, de pocas palabras, como decía ella).

El esposo de Desideria se nos unió en la charla y hablamos de todo un poco. Ambos caballeros se interesaban por una diversidad de temas, lo que me encantó.

—La verdad es que lo que Sabana Larga está necesitando con urgencia —dijo el joven Bermejo—, es una central de teléfonos como hay ya, en muchas ciudades de los Estados Unidos.
—Ah, ¿para llamar a sus novias, Ignacio? —preguntó Desideria, en tono de broma.
—Pues sí, algo de eso hay…
—¿Tiene usted muchas novias, don Ignacio? —quise saber.
—Ya perdió la cuenta… —aseguró ella, lo que hizo reír al joven.
—Considerando que no tenemos ni siquiera alumbrado a gas o eléctrico como en Ciudad Limburgo —comentó Germán—, estamos hablando de atraso.
—Pues no estarían mal algunos de los adelantos que vi el año pasado cuando estuve en Estados Unidos… —opinó Ignacio.
—Cuando llevamos a Germancito a Francia —dijo mi amiga—, aquello era otra cosa. Fuimos hasta a una sesión del cinematógrafo y toda la ciudad alumbrada con electricidad que era una maravilla. Y esa torre construida por el ingeniero Eiffel es…
—Me llamó mucho la atención —comentó Germán pensativo—, ver coches sin caballos, impulsados por un motor.
—¿Y qué me dice de los tranvías eléctricos? —exclamó Bermejo—. Son muy prácticos. Y esos aparatos que tocan música a través de un disco giratorio son un portento.
—Esas son malas noticias para nosotros —murmuró Germán.
—¿Por qué? —le pregunté.
—Porque nos dedicamos al negocio de los caballos para el transporte y con esos adelantos…
—No se preocupe, Germán —lo trató de consolar Ignacio—. No creo que lleguen al país hasta dentro de cien años.
—Ni tanto… la capital ya cuenta con un servicio de tranvías urbanos y con alumbrado eléctrico.
—Así como en otras ciudades grandes y que además ya tienen teléfonos en algunas casas.
—Pues a mí me parece —intervino la mayor de los hermanos—, que todos esos adelantos no son del agrado de Dios.
—¿Por qué dices eso, Zenobia?
—Porque apartan a las personas de la religiosidad y de las obras pías.

Después de darnos esa muestra de sus opiniones santurronas, se fue a ver no sé qué planta con Desideria. La hermana menor se pasó la velada tocando el piano en el salón, con doña Albertina sentada a su lado. La verdad es que pasé un rato agradable.

LUNES 11

Desideria entró en mi cuarto a darme los buenos días. Parecía de buen humor y me alegré. No quería que volviera a pensar que consideraba preferible no tener el bebé que esperaba.

—Te diré, Desi, que tu vecino nos amenizó bien la velada.
—Sí, noté que ni te diste cuenta de que era hora de acostarse.
—Me temía que fuera uno de esos conversadores mono temáticos que agarran la palabra y nadie puede introducir ni siquiera un ‘ajá’ en su parlanchina charla.
—Entonces, ¿te gustó?
—Me gustó conversar con él, pero si estás insinuando que espero que me haga la corte, pues, no. No me interesa en ese sentido.
—¿Por qué no? Está solito. Vive con su madre y sus hermanas y me aseguró que le gustaría conocer a alguien interesante…
—Pues que no mire para este lado. Me extraña que con tantas novias no haya encontrado a una de ellas, “interesante”.
—Pero, Aneli…
—No te voy a negar que es bien parecido, pero en primer lugar, tiene sólo treinta y tres años…
—Me parece que son treinta y cuatro. O estará por cumplirlos, en… creo que en agosto… seis menos que tú. Eso no es nada…
—¿Lo conoces bien?
—Es mi vecino desde hace cinco o seis años, viene a vernos una vez a la semana más o menos.
—¿Ah, sí? ¿Pero qué me dices de sus muchas novias? No eres buena casamentera, Desi. No quiero entrar en ninguna relación en este momento. Recuerda que me voy de viaje en un par de meses.

Parece que Desideria se dio cuenta de mi decepción al no poder dar paseos con ella porque me invitó a ir al río. No se iba a meter al agua, considerando su estado, pero se sentaría en la orilla a tejer o a bordar. Llevaríamos a María Rosa, la hija de la cocinera, para que me hiciera compañía cuando me bañara.

—Me alegra que venga con nosotras, Desi. No sé nadar, pero tampoco me gusta meterme al agua sola.

En nuestro viaje de ida, María Rosa, como siempre, estaba de buen humor. No tuvimos que pedirle mucho para que nos cantara algunas canciones de moda o tradicionales del lugar.

Nos sentamos en un sitio fresco a la orilla de un remanso. Yo entré al agua a chapotear, mientras la chica nadaba como un experto pez. Desideria bordaba unas sabanitas, para el bebé, me imagino.

Después de estar un rato en el charco, salí, sentándome a su lado. Ella se veía inquieta, mirando a los alrededores.

—¿Pasa algo, Desi? Pareces nerviosa.
—No, nada. Me pregunto si la lluvia vendrá más temprano hoy.

—Recuerdo bien, Desi, cuando me aseguraste que nunca te casarías con un chico de por aquí.
—Yo era una niña, Aneli y no sabía…
—¿No te acuerdas que decías que caminaban como si se les estuvieran cayendo las posaderas? Siempre me admiraba de oírlo.
—Ya ni me acordaba de eso.
—Bueno, te casaste con un hombre, como el que querías ¿cierto?
—Como el que quería… —murmuró pensativa—. ¿Te acuerdas de Gabriel? Yo soñaba con casarme con él…
—¿Alcántara? Por supuesto, viví en su casa por varios meses…
—Lo volví a encontrar el segundo año, después de mi presentación en sociedad…
—Creo que me enviaste una invitación para tu debut, en el setenta y nueve, pero estaba en la Normal… Ya tenías veinte años…

La presentación en sociedad de las jóvenes casaderas era un evento muy exclusivo en la ciudad y no la invitaron a ella. La familia de Desideria, aunque de dinero, no se consideraba con la alcurnia suficiente. La tía conocía a unas cuantas familias de ese grupo, pero no a las más importantes. Sin embargo, se había empeñado en que su sobrina debutara allí. Insistió por dos años hasta que la aceptaron. Fue cuando se abrió un cupo por una de las chicas que se escapó con el novio, antes de su puesta de largo.

—Por eso tardé tanto. Todas las niñas de mi edad ya lo habían hecho…

—¿Sucede algo, Desi? —le volví a preguntar, viendo que seguía inquieta.
—Nada, Aneli. Es sólo que me preocupa un poco la lluvia —contestó, mirando una vez más, a su alrededor.

Volví a meterme en el agua y al darme la vuelta vi que pasó Montero, el hermano de la señora Guerra. Iba en su caballo y nos saludó, descubriéndose la cabeza y con brevedad, como siempre.

—No me cae muy bien ese señor —le comenté a María Rosa, quien se había quedado mirándolo.
—¿Quién? ¿Don Emeterio?
—Sí, el mismo.
—Ejapuehtote, pué…
—¿Apuestote? ¿Dónde tienes los ojos?

Sin embargo, consideré que no era extraño que para una muchacha como ella, un hombre así le pareciera “apuestote”. Era alto, fornido y bigotudo y montaba muy bien a caballo.

Poco después se levantó Desideria y dijo que iba a recoger flores. María Rosa siguió nadando, pero a los diez minutos la vi salir del charco. Me apresuré a seguirla porque le tengo terror a las culebras y más a las de agua que no se pueden ver. Había oído que el ruido las ahuyentaba y no tenía ganas de dedicarme a espantarlas, yo sola todo el tiempo. Me sequé un poco y le hice honor a la canasta con comestibles que habíamos llevado. La actividad en el agua y el paseo me habían abierto el apetito y por lo visto a la chica también. Tomó un enorme trozo de pan con queso, un pedazo de pescado ahumado y un mango y se puso en la tarea de devorar todo aquello, lo que hizo con una rapidez asombrosa.

Luego de limpiarse en el río, extendió la manta y sugirió que tomáramos una siesta. Me pareció buena idea, pero seguía pensando en Desideria y dónde podría estar. No iba a dormir tan temprano, pero me recosté un rato mirando el cielo azul y los árboles frondosos que sombreaban el charco.

—¡María Rosa, María Rosa! Despierta, muchacha…
—¿Qué pasa seño? —me contestó, un poco malhumorada y restregándose los ojos.
—Hace mucho tiempo que se fue Desideria y aun no ha regresado. Puede haberle pasado algo…
Debe haber muchas culebras por esos montes.
—No se preocupe que la señora sabe cuidase bien.

A pesar de las palabras tranquilizadoras de la chica, Desideria se estaba demorando mucho y subí al camino a llamarla. Al poco tiempo, regresó con algunas flores y volvimos a casa.

—¿Sabes, Aneli? —me dijo mi amiga, en el camino de regreso—. Creo que nuestros padres siempre tienen razón cuando nos aconsejan algo…
—No sé cual será tu caso, pero en el mío no creo que mi madre tuviera razón en dejarme en manos de mi abuela.
—Sí, lo recuerdo…
—Pero lo peor fue que luego se puso de parte de ella, aun después de que su madre me abandonó en un orfanato. No estaré nunca de acuerdo que hizo bien.
—Pero a mí mis padres siempre me aconsejaron lo que creían mejor para mí. Me pidieron que me casara con un muchacho del lugar. Debí hacerles caso.

Me sorprendió oírla decir eso. Germán, a pesar de mi impresión inicial, no me parecía un mal marido. Sin embargo, no pude replicar nada porque llegábamos a la casa y la cocinera se le acercó a consultarle algo sobre la cena.

En la tarde vino Ignacio a arreglar el asunto de la compra de un caballo con Germán y tuvimos una breve charla entre los tres y la suegra de Desideria. Ricitos, como es su costumbre, se colocó cerca de su dueña, tan impertinente como siempre.

MARTES 12

Había quedado con Bermejo que me recogería para dar un paseo y conocer los alrededores. Llegó acompañado de sus hermanas. Zenobia se quedó conversando con Desideria. Aparte del conductor, en el pequeño coche solo cabían dos personas. Me acomodé al lado de la otra hermana y nos encaminamos a los campos y pastizales de la hacienda.

En esta época del año en que la temporada de lluvias había empezado, llovía casi todas las tardes y estaba ya verde, por todas partes. Sin embargo, además de los caballos y el fondo lejano y azul de los inicios de la cordillera, en realidad no había mucho que ver.

Ignacio detuvo el coche y nos sentamos a la sombra de un árbol de mango.

—En verdad que es difícil creer que usted y Desideria sean de la misma edad. No se ve usted mayor que mi hermana Finita.
—Es que usted ve a mi amiga como a una señora casada…
—No creo que sea eso. Las estoy comparando a ustedes dos ahora que están juntas.

La chica sonrió con timidez. Era de carácter distinto al de su comunicativo hermano.

—Finita tiene veintiocho años, pero por su forma de ser, calladita, muchos piensan que tiene menos. Y eso es mucho decir.
—Le agradezco entonces el cumplido. Tengo cuarenta…
—Se me hace muy difícil de creer.

No le quise aclarar que pronto cumpliría cuarenta y uno. Después de todo, que más daba uno más o uno menos cuando se llega a los cuarenta.

La hacienda de los Bermejo colindaba con la de los Olmos y el joven me llevó cerca de sus límites. Estaba sembrada de árboles de cacao y su extensión apenas si se podía vislumbrar, desde donde nos encontrábamos, pero me imaginé que era considerable.

—¿Conoce usted el Chocolate Bermejo? —me preguntó Ignacio.
—Conozco el marrón y el blanco, pero no puedo decir que haya visto el bermejo.

Se echó a reír porque sabía que le estaba tomando el pelo. Ese chocolate era bien conocido en el país, sobre todo a la hora de desayunar.

—Entonces, ¿son ustedes los que lo producen?
—Sí, la fábrica está al norte, a unas dos horas y media de aquí, en un pueblo llamado El Cerrito.
—¿Por qué no la pusieron más cerca?
—Ah, porque mis abuelos compraron una que ya estaba allí. Resultó difícil mudar para acá a los obreros calificados y decidieron dejarla donde estaba.
—¿Y no hacen ustedes bombones?
—Sí, pero en forma más limitada. Fabricamos los “Bombones de Oro” que se venden en las tiendas de lujo.
—Los he visto y probado también.
—Además hacemos manteca de cacao para las boticas.

No dije nada, pero estaba impresionada. Debían ser muy acaudalados los Bermejo. Sin embargo, ninguno de ellos mostraba altivez o superioridad por eso.

—Sus abuelos dejaron una dulce herencia.
—Je, je, je. Así es, pero no crea que es tan fácil, como parece. Mi padre, como hijo mayor, heredó el setenta por ciento de las acciones y sus hermanos, el resto.
—Es un gran porcentaje.
—El control y las ganancias eran de él, de por vida, pero la herencia sería del primer nieto varón de mi abuelo.
—O sea, suya…
—Sí, pero sólo el control, como le dije. No puedo vender ni traspasar mi parte… Espere un momento, por favor —me dijo, al tiempo que iba a socorrer a su hermana.

Había ido ella a recoger flores de los alrededores y tenía ya un manojo bastante grande. Regresaron donde yo estaba y él dividió el bonito ramo entre su hermana y yo.

Volvimos a la casa reuniéndonos con Zenobia y con los Olmos. Ignacio y Desi fueron a ver a doña Albertina quien le tenía que enviar un paquete a la señora Bermejo y me quedé con las hermanas.

—¿Tuvieron un buen paseo?
—Sí, muy agradable, señorita Bermejo.
—¿Le habló Ignacio del negocio del cacao y nuestra fábrica de chocolate?
—Así es y me pareció muy interesante.
—Le he dicho muchas veces a mi hermano que no saque esa historia a relucir enfrente de chicas casaderas.
—¿Y por qué le dice usted eso?
—Porque entonces todas ellas se dan a la tarea de querer cazarlo con más ahínco… y las madres, ni se diga.
—¿Ah sí? Pasará usted muy malos ratos, cuidándolo.
—¿Eh? No, no lo cuido. Sin embargo, es algo muy desagradable.
—Desagradable —sonreí.
—Pero no es su caso. Usted es una persona mayor y no una chica casadera.
—Sí, al igual que usted. Debe tener unos treinta y ocho años ¿no?
—Sólo tengo treinta y seis —me corrigió, irguiendo la cabeza.
—Oh, perdone. Pensé que tenía más —le dije, para molestarla.

MIÉRCOLES 13

Busqué a Desideria en la mañana, pero no la vi. Me dijeron que Zenobia Bermejo había pasado a recogerla. Habían ido al centro del poblado adonde la costurera que les hacía la ropa. Me extrañó que no me invitaran a mí también. Me imaginé que era porque en el cochecito sólo podían sentarse dos personas. Cuando regresaron vi que la Bermejo era la conductora por lo que podía haber ido yo.

—Ignacio le comentó a mi madre que la pasaron muy bien en el paseo por la hacienda.
—Así fue. Pasamos una mañana muy agradable.
—Cuando me enteré de que Desi nos estaba invitando a conocer a su huésped, pensé que era quizás un plan para emparejarla a usted con mi hermano. Es tan casamentera, ella.

Desideria se echó a reír y se fue a la cocina a ordenar que nos trajeran limonada.

—Pues ya ve, no fue así.
—No. Me quedé tranquila al verla a usted. Las novias de mi hermano siempre han sido muy bellas.
—Es muy simpático y no me extraña. Me alegro que no esté usted intranquila ahora.
—¿Eh? Bueno, no quise decir que estuviera… quise decir, tranquila por la familia.
—Ah…
—Se preocupan por lo de la herencia. Son muy particulares.
—Con el único hijo varón… me imagino.
—Sí, parece usted darse cuenta de la situación.
—Le aseguro que no tiene porqué preocuparse.
—No. Como le dije, al enterarme que había sido compañera de colegio de Desi, me di cuenta que era usted demasiado mayor para mi hermano.
—Así es, pero él me comentó que se asombraba que mi edad fuera tan cercana a la de Desideria. Pensó que no parecía yo mucho mayor que la hermanita de usted.

—No me diga…
—Sí, el señor Bermejo es muy galante.
—Ignacio es galante en exceso. Se distingue por eso. Debe haberla comparado conmigo. Soy algunos años menor que Desi, pero ella le lleva muchos años a Finita.
—Quizás, pero lo dijo en un momento en que su hermanita y yo estábamos juntas y la mencionó por el nombre.
—¿Ah, sí? Me parece imposible.
—Como usted dice, debe haberla tenido a usted en mente. Se lo aclararé cuando lo vea.
—No es necesario. Este asunto no me parece de mucha importancia.
—No, el asunto en sí no es importante, pero el hecho de que yo las confunda a ustedes dos…
—¿Qué asunto? —preguntó Desideria, acercándose.
—Oh, sobre el paseo del otro día. Como bien dice la señorita Bermejo, nada importante.

JUEVES 14

—Tu esposo me dijo que se alegra que te esté haciendo compañía —le comenté a Desideria, cuando nos quedamos solas en la mesa, después del desayuno—. No sé si lo dirá por compromiso…
—Oh, no, Aneli. Me lo había dicho a mí también.
—¿Ah, sí?
—Estuve llorando mucho, antes de que tú llegaras… por aquello que te conté.
—¿Y cuándo piensas decírselo a él? Pronto se te empezará a notar.
—Tengo muchos problemas, Aneli. No puedo pensar en eso.

No me atrevía a comunicarle mis temores de que se le volviera a ocurrir que prefería no tener al niño. No me era posible imaginar qué podría ser aquello tan terrible que le impedía hablar con su marido con claridad.

—Desideria, ¿tienen problemas de dinero? —Era lo único que se me ocurría pensar.
—Gracias a Dios, Aneli, nos va bastante bien. Tenemos un capataz muy bueno y Germán se encarga de la administración de la hacienda, con excelentes resultados.

En ese momento anunciaron a los Bermejo y me escapé, como pude, al naranjal. Por si las culebras, me limité a caminar por el sendero de piedrecitas que cruzaba el lugar. Luego me senté a leer en uno de los pequeños bancos colocados al lado del caminito.

—Ah, señorita Urtiaga —le oí decir a Ignacio—, aquí es donde se ha venido usted a esconder.
—No, señor Bermejo. No me escondo. Vine a leer un poco y me agrada mucho el olor del azahar.
—Delicado y espiritual —dijo Germán—. Discúlpenos la interrupción y siga, por favor, con su libro.
—Oh, no. No me molestan ustedes. Pueden sentarse si gustan.
—Es una buena idea —concordó Bermejo, al tiempo que se sentaba en un banquito cercano—. Es un paraje encantador.
—Una vez fue mi lugar favorito de la casa.
—¿Y qué pasó, Germán?
—El trabajo de la hacienda se hizo cada vez más arduo.
—¿Venía usted a caminar?
—Me gustaba sentarme a leer mis libros de leyes. La naturaleza que me rodeaba balanceaba lo árido de la lectura.
—¿No fuma usted, don Ignacio? —le pregunté al notar que no lo había visto pedir permiso para hacerlo, como muchos otros hombres.
—No. De niño fui enfermizo y mi abuela me hizo prometer que no aprendería a fumar.
—¿Y cumplió usted su promesa?
—Sí. Mi abuelo pensaba que me agravaba la salud y ella estaba aterrada de que así fuera.
—Yo, dejé de hacerlo también por mi salud —dijo Germán—. Lo hacía de joven, pero nunca me gustó realmente.

Platicamos los tres por otros diez o quince minutos más. El olor perfumado de las flores y la grata conversación con mis acompañantes, me hicieron sentir muy bien.

—–

Desideria caminó conmigo a mi habitación, después de la cena. Le mencioné mi preocupación por la leve irritación que le había notado cuando comíamos, especialmente con su esposo. Sin embargo, mi propósito era lograr que ella se pusiera de buen humor y le cambié la conversación. Nos divertimos recordando los tiempos en que éramos colegialas. Poco a poco fue dejando su acostumbrado gesto de preocupación o de fastidio. Me alegré de verla así, como la había conocido antes.
VIERNES 15

En la mañana vino Zenobia Bermejo. Ella y mi amiga se pusieron a conversar, en voz baja, en el pasillo. Yo fui a caminar al naranjal y me senté en uno de los pequeños bancos a leer el libro que llevaba. No las oí acercarse hasta que escuché a la hermana de Ignacio exclamar:

—Ah, señorita Urtiaga, veo que le gusta a usted la lectura como a mí. ¿Qué está leyendo?
—Una novela, para entretenerme un poco.
—Pues yo sólo leo libros sobre asuntos religiosos y los que me recomienda mi confesor, el padre Ulpiano.
—¿Ah, sí? A veces son aburridos…
—Son lecturas edificantes. No pierdo el tiempo con novelitas tontas.
—Hay novelas edificantes e instructivas también. De otro modo, no se leerían en los colegios.
—Eso sólo prueba lo poco beneficiosa que es la educación en las escuelas, sobre todo para las mujeres.
—¿Está usted en contra de la educación de la mujer?
—Si es para mejorar el cuidado del hogar y de los niños, no.
—No veo nada malo en cultivar la mente de las jóvenes.
—La lectura de novelitas no me parece apropiado para ellas, así como otras materias superfluas.

Desideria se ha comportado de nuevo de mal humor en el almuerzo, en especial con su esposo.

—No te cansas de molestar —le espetó, con irritación, cuando él le pidió a la cocinera que le preparara un té de mastranto para después de la comida.

Germán se mostró bastante apenado y yo me abstuve de intervenir, pero me pareció muy fuera de lugar el comentario de ella.

Después de la siesta, vi a mi amiga recostada en una hamaca con una cara larga y preocupada.
—¿Puedes terminar tu relato de cuando conociste a tu esposo?
—No queda mucho. Después de bailar con Germán en las fiestas de la temporada, un domingo, al salir de misa con mi tía, me lo encontré con sus padres.

Él no sólo las saludó sino que les presentó a sus papás. De ahí fueron intercambiando visitas hasta que él vino a Sabana Larga a pedir su mano. La familia de ella se opuso al principio, pero mi amiga se empeñó hasta que transigieron.

—No pareces muy contenta de hablar de esto.
—Eso es el pasado y ya casi lo tenía olvidado —murmuró.
SÁBADO 16

Vinieron los Guerra otra vez, lo que me extrañó. Estaba segura que los Olmos no les habían devuelto la visita del sábado pasado, pero debe ser que en el campo no se guardan tantas convenciones sociales.

Los niños Guerra recibían clase de música y nos regalaron con una muestra de su poco o mucho talento. En un momento que miré a mi alrededor, me extrañó no ver a Desideria. Me imaginé que quizás había sentido nauseas, debido a su estado, y salí a ver si necesitaba de mi ayuda. Al doblar la esquina del pasillo, oí que decía:

—¡Ahora no, ahora no!

Me pareció raro que esas palabras estuvieran dirigidas al señor Montero. Por lo visto, no era él tampoco un entusiasta de las proezas musicales de sus sobrinos. Al verme, se quedaron callados y Desideria dio la vuelta encaminándose a la sala de nuevo. Le lancé una mirada de extrañeza al lacónico caballero, pero sin lograr ninguna reacción aparente de él.

Al atardecer llegaron el señor Madeiro y su mamá. La señora Albertina se retiró a sus aposentos con su visitante. Según nos informó doña Viridiana, el viaje le había resultado agotador. Su hijo permaneció con nosotros y con Bermejo quien había venido a la tertulia. Luego, Germán y su amigo se enfrascaron en una partida de ajedrez y nosotras nos quedamos hablando con Ignacio.

Desideria me había contado que su vecino era un joven alegre y despreocupado. Atendía los asuntos de la fábrica de chocolate en El Cerrito, cuando viajaba allá dos o tres veces al mes. También iba con regularidad a Ciudad Limburgo, a echar una canita al aire con sus amigos. Se decía que allá tenía varias amistades femeninas con las que también pasaba un buen tiempo.

—Señoras —dijo—, ahora que se retiraron los más feos, hagamos algo divertido.
—Ah, ¿se considera usted muy bonito? —le pregunté.
—Je, je, je.
—Me imagino que se lo dirán todos los días…
—Algo divertido, ¿cómo qué, Ignacio? —intervino Desideria.

El joven se sentó al piano y comenzó a tocar piezas movidas del repertorio de las zarzuelas. Un poco cantaba y un poco recitaba algunos trozos chistosos.

El aceite de ricino ya no es malo de tomar.
Se administra en pildoritas y el efecto es siempre igual.
Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.

La limonada purgante no la pide nadie ya.
Como que esa limonada ya no sirve para ná.
Es lo mismo que un refresco de naranja o de cebá.
Pues por eso justamente ya no es chicha ni limoná.

Pero el agua de Loeches es un bálsamo eficaz.
Hoy la Ciencia la registra como muy perjudicial.

El calor que hace esta noche sí que es una atrocidad.
Y yo tengo a todas horas la cabeza tan sudá.
Eso es bueno y conveniente, ¿no? mi señor don Germán.
¡Quién diría que esta camisa me la acaban de planchar!

He leído que el que suda vence toda enfermedad.
Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.

Me reí y me alegró ver que Desideria lo hacía también. Me encantan estas veladas musicales.

DOMINGO 17

Hoy fuimos todos a la misa en el centro de Sabana Larga. La capilla estaba situada en una plazoleta donde los vendedores colocaban sus productos los días de mercado. Me dijeron que allí también se presentaban las corridas de toros para las patronales. Alrededor de la plaza, había algunos negocios y una escuela pequeña, una tienda de abarrotes, bastante escuálida con un alero al lado donde se vendían bebidas alcohólicas y una oficina de correos. Unas seis o siete casas particulares, con pequeños huertos a su alrededor se veían aquí y allá. Eran moradas de personas sin haciendas cuya única propiedad la constituía ese pequeño pedazo de tierra.

Todo estaba cerrado. Al parecer sólo se permitía vender licor después que terminara la ceremonia religiosa. Esta se celebró hacia la una, ya que el párroco tenía que cumplir antes con compromisos en otras capillas de los alrededores.

Cuando llegamos a la iglesia, la Bermejo mayor, con cara de beata santurrona, dirigía operaciones. Ayudaba al sacerdote en todo lo que podía. Arreglaba las flores, prendía los cirios, se ocupaba del incienso, acomodaba el mantel en el altar y durante la misa, hizo un dúo con el cura, a falta de coro. Luego me contaron que el sacerdote almorzaba con los Bermejo y de allí partían para la capilla.

Los Madeiro, los Guerra, los Bermejo, un par de familias a quienes no conocía y nosotros ocupamos los asientos de adelante. Es decir, las mujeres. Los hombres oían la misa de pie. El pueblo llano se colocó detrás de las familias principales. Costumbre discriminatoria y todavía arraigada en muchos lugares de nuestro país, por desgracia.

En un momento en que levanté la cabeza, sorprendí al taciturno Montero dirigiendo una mirada extraña hacia nosotras. Me fue difícil determinar lo que expresaba, pero tenía una suavidad un poco inusitada en él. Me pareció raro porque hasta ese momento solo se había mostrado reservado o indiferente.

La Bermejo nos invitó, con carácter obligatorio, a rezar el rosario una vez que la misa terminó. Las mujeres nos resignamos a acompañarla y los caballeros se quedaron afuera conversando.

Más tarde los Olmos hicieron un asado a la que asistió gran parte del personal de la hacienda. Yo, por supuesto, me abstuve de comer con ellos. Nunca ingiero carne de ningún tipo de animal de tierra… costumbre de los Urtiaga.

Vinieron también los Guerra y los Bermejo, menos la mamá quien sale poco de la casa, por motivos de salud. Tuve ocasión de observar mejor a las dos hermanas de Ignacio. Eran un par de mojigatas, haciendo carrera de beatas y para ellas todo lo divertido era pecado, si no mortal, por lo menos venial. En medio de la conversación se levantaron y se fueron con doña Albertina y la señora Madeiro a rezar. Además pretendieron llevarnos a remolque a mi amiga y a mí. Los Guerra ya se habían marchado.

—Me tendré que perder el segundo rosario de hoy —se disculpó Desideria—. Tengo algunas cosas que atender todavía, con los invitados y con el personal. Otro día será.
—Ah, sí, Desi —dije yo—, recuerdo que prometí ayudarte en tus tareas de anfitriona. Vayan ustedes que yo iré tan pronto pueda.

No tenía la menor intención de dejar el grupo y la conversación que se había puesto interesante. Hablaban de la pasada guerra y las pérdidas de España.

—Pienso que España ha tomado de su propia medicina —opinó el señor Madeiro, quien era de ascendencia portuguesa.
—Sí, pero me parece peligrosa para los pueblos hispanos, la forma en que los Estados Unidos han adoptado esa política expansionista —comentó Ignacio—. No se sabe qué más querrán tomarse en el futuro.
—Están muy interesados en un canal para controlar el comercio —manifestó Germán—, así que Colombia deberá tener cuidado.
—O Nicaragua —dije—. Ya trataron de invadirla en los cincuenta.
—Es verdad —concordó Ignacio—. Colombia, con esa tradición de guerras civiles, está muy debilitada.
—Ahora mismo, están sumidos en una, bastante cruenta.
—Me parece lamentable —añadió Germán—, ese afán de los colombianos de pelear tanto, entre ellos.
—Mi hermano vive en Panamá —comenté— y me dice que a excepción del doctor Porras, no confía mucho en los liberales colombianos, a pesar de que nuestra familia ha pertenecido siempre a ese partido.
—Pero no todos los liberales son iguales —dijo Germán—. Creo que en nuestro país son más fieles a sus ideales.
—En Colombia, aunque hay idealistas también —aclaré—, muchos de los jefes, al primer signo de que pueden beneficiarse, no dudan en abandonar a otros copartidarios en desgracia.
—¿Por qué dice eso? —preguntó el señor Madeiro.
—Por lo que le pasó al general Prestán. Le achacaron, con falsedad, el incendio de Colón.
—Sí —dijo Germán—. Era un liberal y buscó refugio entre ellos, pero se negaron a protegerlo y el gobierno de Núñez terminó apresándolo.
—Lo usaron de chivo expiatorio, a pesar de que no tenía ninguna razón para quemar la ciudad. Poseía propiedades allí y tenía mucho que perder.
—Pero era uno de los que más se oponía a los manejos de los norteamericanos en Panamá.
—Así es —convine con él—. Dejó para la historia, algunas palabras proféticas sobre eso.
—Creo que la corrupción es el mayor problema de nuestros pueblos —opinó el señor Madeiro—, y en parte es la causa de las guerras civiles.
—Y ese afán de la Iglesia de aliarse con los poderosos y su oposición a mejoras sociales —agregó Germán.
—Y la causa de que países como Estados Unidos e Inglaterra saquen un buen provecho.
—Como se nota que es usted profesora —exclamó Ignacio—. Es la única mujer que conozco que se atreve a intervenir en conversaciones de esta índole.
—¿Y le parece a usted mal?
—No, de ninguna manera. Yo también soy liberal y me gustaría que la mujer tuviera más derechos.

Me extrañó que proclamara su tendencia progresista. Su familia, tan rezadora y religiosa, se me hacía bastante conservadora.

En ese momento, regresaron las rosaristas y todos se pusieron en marcha. La hacienda de los Madeiro quedaba a un poco más de dos horas de distancia y no querían que los agarrara la noche cerrada. Nos despedimos de todos. Doña Albertina, sentada en el coche al lado de su amiga y con la canasta de Ricitos en su regazo, se encaminó muy contenta a casa de ellos.

Le pregunté a Desideria si la señora Guerra y Zenobia no se llevaban bien. Había observado que no se dirigieron la palabra y cuando estaban cerca, noté una actitud un poco tirante entre ellas.

—Laurel Guerra es una busca pleitos. No le cae bien Zenobia y trata de hacerle la vida imposible.

Fue su única explicación.

LUNES 18

La señora Bermejo nos mandó una nota ayer invitándonos a comer a los Olmos y a mí.

Al mediodía fuimos a su hacienda sin la señora Albertina, por supuesto. Germán tenía reunión con el capataz y mandó sus disculpas. Tampoco estuvo Zenobia en la comida. Me alegré porque ya me estaba cayendo pesada. Se encontraba en no sé qué reunión (con otras beatas de profesión, sin duda), planeando algún proyecto en favor de los pobres de la parroquia.

Desideria me había dicho que la mamá de Ignacio era una señora enfermiza que rara vez salía de su casa. Había sido una gran belleza cuando se puso de largo. Su padre ejercía de médico y no eran una familia de mucho dinero, pero la educaron bien y ella cautivó al heredero de la fortuna chocolatera de los Bermejo.

La señora me contó que hasta los seis años, Ignacio había sido un niño enfermizo, como Finita. Se había tenido que quedar al cuidado de sus abuelos maternos quienes lo mimaron en exceso, según había opinado el esposo de ella.

—Como el primer nieto varón y heredero, mi hijo era objeto de cuidados y mimos por las dos familias.
—¿Ah, sí? —intervine, mirándolo con sonrisa divertida, sin que se diera cuenta su madre.
—Gracias a Dios que no salió malcriado o engreído, como muchos otros que los crían así.
—¿Cómo sabe que no soy engreído, mamá? A veces sí, je, je, je.
—Yo pienso que quizás a mi pobre hijo le inculcaron la idea de la responsabilidad del apellido y de la herencia, demasiado joven.
—Ah, el manejo de la fábrica debe ser muy difícil.
—No se trata de eso. La familia de mi esposo puso cláusulas muy estrictas para la herencia.
—Por ser tan importante, me imagino.
—Ignacio está obligado a tener un heredero varón o todo pasará a otras personas. Es muy triste pensar que mis pobres hijas…
—Por favor, mamá, no es para tanto. Si no tengo hijos, pues qué se le va a hacer.
—No digas eso, cariño. Ni Dios lo quiera que suceda algo así. Piensa en tus hermanas y en mí.
—Por lo menos me dejaron cumplir los treinta años sin darme lata para que me casara.
—Fue para que no te quejaras que no habías gozado de tus años mozos.
—Pero luego murió papá y después de eso, me lo recuerdan a menudo.
—Ya sabes que tienes responsabilidades, ahora que eres el jefe de la familia y tenemos que asegurar lo de la herencia…
—No hablemos de esos temas ahora. La señorita Urtiaga vino a conocerla, no a oír nuestros problemas familiares.

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